Dicen que hay
guerras en las que es mejor no enrolarse. Son guerras en las que peleas tú sólo
contra todo, contra todos. Luchas con tesón, con amor propio, con la rabia del
guerrero que persigue un sueño. Sin embargo, cada batalla que pasa va haciendo
mella en ti. Las que ganas, porque ganas. Las que pierdes, porque pierdes.
Pelear solo es el riesgo que tiene, que nunca sabes cuando te van a derrotar o
cuando tus fuerzas van a flaquear sin opción de remediarlo. No hay nadie detrás
en quien apoyarse, no hay nadie delante a quien aferrarse. Tus compañeros
llegarán para levantarte, y la característica que tiene es que para que lo
hagan debes haber caído.
Nunca he
entendido a la gente que teme alistarse a la guerra de los sentimientos, pero
tampoco he entendido a los temerarios como yo. No puedo explicar que se siente
cuando se acaba el día y continúas vivo, de pie, con la mirada desafiante. Los
que pertenecemos al reducido grupo de los temerarios sentimentales sabemos de lo que
hablamos. Es ese tipo de sensación que te hace volver a intentarlo, volver a
desafiar al mundo, querer más aún sabiendo que un día de estos el riesgo te
desequilibrará y acabarás mordiendo el polvo. ¿Y qué? No
risk, no party.
Sin embargo, no
todo son victorias en esta vida. También llegan esas tardes de gloria del
enemigo, esos días en los que es mejor no despertar. Esos días en los que todo
y todos te superan. Esas tardes.
Esas tardes en
las que cada paso te cuesta la vida, en las que cada minuto te desgasta un poco
más la sonrisa, en las que cada golpe de segundero va directo a tu sien. Esas
tardes en las que te debilitas, en las que sabes que actúas porque es
estrictamente necesario guardar las formas, en las que no eres ni la mitad de
la persona que fuiste la noche anterior, en las que la derrota va dejando su
rastro.
Cada batalla
perdida es una losa sobre tu cuello, y lamentablemente, yo ya llevo dos. Pueden
ser de cemento, de hormigón o de mármol, que sacaré fuerzas de donde no las
haya para levantar la cabeza. Porque un hombre no se caracteriza por las losas
que lleve encima, sino por la fuerza que tiene para levantar su cabeza.

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