miércoles, 2 de mayo de 2012

NO RISK, NO PARTY

No hay nada más amargo que el sabor de la derrota. Ésta resulta más amarga aún si la sufres habiéndote vaciado para evitarla.

Dicen que hay guerras en las que es mejor no enrolarse. Son guerras en las que peleas tú sólo contra todo, contra todos. Luchas con tesón, con amor propio, con la rabia del guerrero que persigue un sueño. Sin embargo, cada batalla que pasa va haciendo mella en ti. Las que ganas, porque ganas. Las que pierdes, porque pierdes. Pelear solo es el riesgo que tiene, que nunca sabes cuando te van a derrotar o cuando tus fuerzas van a flaquear sin opción de remediarlo. No hay nadie detrás en quien apoyarse, no hay nadie delante a quien aferrarse. Tus compañeros llegarán para levantarte, y la característica que tiene es que para que lo hagan debes haber caído.

Nunca he entendido a la gente que teme alistarse a la guerra de los sentimientos, pero tampoco he entendido a los temerarios como yo. No puedo explicar que se siente cuando se acaba el día y continúas vivo, de pie, con la mirada desafiante. Los que pertenecemos al reducido grupo de los temerarios sentimentales sabemos de lo que hablamos. Es ese tipo de sensación que te hace volver a intentarlo, volver a desafiar al mundo, querer más aún sabiendo que un día de estos el riesgo te desequilibrará y acabarás mordiendo el polvo. ¿Y qué? No risk, no party.
Sin embargo, no todo son victorias en esta vida. También llegan esas tardes de gloria del enemigo, esos días en los que es mejor no despertar. Esos días en los que todo y todos te superan. Esas tardes.

Esas tardes en las que cada paso te cuesta la vida, en las que cada minuto te desgasta un poco más la sonrisa, en las que cada golpe de segundero va directo a tu sien. Esas tardes en las que te debilitas, en las que sabes que actúas porque es estrictamente necesario guardar las formas, en las que no eres ni la mitad de la persona que fuiste la noche anterior, en las que la derrota va dejando su rastro.

Cada batalla perdida es una losa sobre tu cuello, y lamentablemente, yo ya llevo dos. Pueden ser de cemento, de hormigón o de mármol, que sacaré fuerzas de donde no las haya para levantar la cabeza. Porque un hombre no se caracteriza por las losas que lleve encima, sino por la fuerza que tiene para levantar su cabeza.

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