Es tan fácil como no volver hacia atrás y releer el capítulo que acabas de escribir y que nunca podrás modificar. Puedes darle otro formato, otra presentación, pero nunca podrás cambiar su contenido. Las palabras echan raíces en la hoja y de ahí no se mueven. No hacen ruido, no te llaman, pero siempre acabas echándolas esa última ojeada que te pide el cuerpo. Lo malo es que cada noche le echas la última.
Esa dichosa página es la medicina que te calma, que te hace dormir tranquilo aún sabiendo que no es la solución a tus males. Y de tanta repetición se vuelve un vicio adquirido que debes corregir si algún día pretendes volver a ser el que eras. Ni el alcohol es la solución a las penas, ni esa lectura nocturna a los desamores.
No consiste en pasar página y escribir una nueva a lo loco. Consiste en analizar cuales son tus fallos y cuales tus aciertos, valorar tu actuación y aprender la lección para el próximo capítulo. Sólo así evitarás volver a escribir las mismas líneas pero en diferente hoja. Sólo así evitarás que tu vida sea un libro cuyo argumento se torna repetitivo y, por la repetición de errores, hasta cómico.
Mi primer paso fue hacer autocrítica. El segundo estudiar las posibles consecuencias que tendrían tanto en mí como en terceras personas las diversas acciones que aparecían en la cabeza. El tercero fue sentarme en mi escritorio, releer por última vez ese capítulo ya cerrado, disfrutar de los buenos momentos que allí se encontraban y lamentarme de los malos. Y el cuarto y último paso, tomarme un merecido descanso para aclarar mis ideas y aunar fuerzas para seguir escribiendo lo que, humilde y cariñosamente, apodo como mi best seller.
"Pero nunca te quedas conmigo ni tampoco te marchas del todo"
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